
Velas de tul roídas por gusanos.
De Esperanza no tenía más que el nombre/
la que no esperaba nada de los hombres...
Joaquín Sabina
Lo importante era el olor que descreía de tu piel, como una margarita sin pétalos. En el quiasmo de la espera hice lo posible para ser indispensable a las cosas que te iban trayendo. Como el brillo de un jarrón azul la tarde desplegaba sobre sus flores el rocío último antes de apagarse. Vos no estabas entregada al espacio, sólo el fresco que invadía tus zonas mas cercanas con colores puros, hacía que parecieras auténtica.
El antiguo rodar de la calle abandonó sus estereotipos y nos fuimos quedando solos. Tu mano congeló cada subterfugio que en mí se proyectaban hacia tu aroma, banal necesidad de estar abrazados a lo que no es nuestro.
Para que no te fueras, para que casi resultara la noche en un bulevard de caricias que costaban su peso en oro, para que la nimiedad del instante pudiera transformase, de una vez, en el puente que nos una, giramos en el eco de la brisa, hasta que mis pasos fueron detenidos por tu voz, lejana, demasiado ausente.
Cuando suceda una risa y otra, cuando se apague todo lo que conocemos, cuando descanse el beso en otro, cuando susurre el témpano de caricia hasta derretirse en mis manos.
Te tomabas el velo de los ojos para tener algo con que esquivar mi mirada; ¿ era posible que huyeramos? ¿era posible que más allá , más de mí estuviese esperando?.
No me detuve; ahora las risas confesaban en la soledad todos sus nombres, que eran simples sucesores del amor en bruto, ese que, como un diamante, no puede ser usado.
Al partir nos arrinconó el abrazo, debajo de una oscuridad momentánea que parecía infinita y pensé en las velas que usarían los muertos, dentro de sus cajas, esas velas imaginarias que todo el que muere necesita para no estar tan solo, tan oscuro y triste.
Un espectante abrigo en el pecho del alma, una caricia, aunque sea una, que nos bese con franqueza en el lugar del que jamás ibamos a partir.