1.11.11

Cuadro.

El hombre gesticula con las manos abiertas en el aire. Un anillo de sello le refleja la luz del sol. Lleva un sombrero gardeliano de esos que ahora aggionaron los cantantes de reggaeton. Al sombrero blanco lo rodea una cintita púrpura por la base. Anteojos Ray Ban parecidos a los de Tom Cruise en Top Gun. De la solapa del saco brillan dos pines o prendedores de plata. Uno en forma de cruz o insignia que no llego a distinguir y el otro en forma de corazón. La corbata y el cuello de la camisa blancas hacen juego con el sombrero. Del bolsillo del saco asoma un pañuelo rojo bien abierto, como una flor.

Habla con dos personas más en una mesa de las que pusieron en la vereda del bar. Un hombre más jóven que él, de unos cuarenta años, de saco y corbata con pinta de abogado lo escucha en silencio. El otro es casi un anciano también trajeado, con cuatro o cinco pelos a los costados de la cabeza peinados con gel.

Lo escucho hablar con acento caribeño. Se arregla los anteojos oscuros. El hombre más jóven que lo acompaña le muestra una nota de una revista que sacó de su portafolios. De la mano que lleva el anillo se colgó un cigarrillo largo que mantiene apagado entre los dedos mientras los mueve de acá para allá. Se acerca una nena a la mesa pidiendo limosna. Hacen de cuenta que no la ven.

Detrás de las mesas de la calle, una cabina de Telefónica pintada con aerosol por todas partes. Cromagnon. Juventud Alfonsinista. Macri Puto. En stencil, una cara de Mariano Ferreyra con la leyenda "VIVE".

De la vereda de enfrente un cana para a dos chicos de gorrita que llevan una bicicleta roja. Los lleva al costado de una galería y los pone contra la pared. Luego de palparlos los increpa con movimientos de manos, palabras que no llego a escuchar. Uno de los chicos se acerca para levantar la bicicleta que yace en el suelo de la galería. El cana deja que se acerque lo suficiente como para levantarla, y cuando está en plena tarea le da una patada a la rueda. El chico se asusta y retrocede. El cana parece decirle que no la toque. Llama por radio. Parece que no encuentra nada. Antes de dejarlos ir se le acerca a uno al oído y con los puños cerrados le dice algo. El chico baja la cabeza y asiente.

La luz del mediodía se aquieta en las ventanas de la Avenida de Mayo. Alguna paloma. Taxis vacíos. El ciento cinco pasa entre las copas de los árboles. Un mozo parecido a Juan Carlos Baglietto. ¿Qué se va a servir, señor? Lo dice mientras me mira las entradas de la cabeza. Un café doble y un whisky. ¿Ballentines? Le digo que está bien.



25.10.11

Super Perón.


Bajamos en Alem. Asomo la cabeza por la boca del subte. El neón del cartel encendido del Luna Park tiñe la esquina de un magenta opaco. Mirá, vienen Sabina y Serrat de vuelta, me dice ella, mientras se acomoda una chalina de colores alrrededor del cuello. El pelo enrulado. Los ojos perdidos en algo que desconozco.

Vamos, dale, me tironea de la campera. El brillo de la humedad en el asfalto nos refleja mientras cruzamos. La calle está vacía. O esa es la primera impresión que tengo. Pocos autos. Vení, dale, que ya empezó a hablar seguro, me dice ella y me lleva de la mano como un chico.

Subimos por Reconquista. Un hombre enfundado en una bandera celeste con la cara de Perón. Viene bajando la calle, para el lado del río. Está cerrado por ahí, nos dice. Vengan, vengan que conozco una entrada. Lo seguimos. Lleva la bandera como si fuera un poncho. Parece un superhéroe. Super Perón.

Caminamos y la gente no aparece. Tampoco hay mucho ruido. Me pregunto dónde están todos. Super Perón va adelante nuestro. La bandera-capa se le agita mientras camina al trotecito. Lleva una botella de Michel Torino en una mano y con la otra se sostiene la bandera. Morocho, de pelo bien negro y bajito. ¿De dónde vienen ustedes? nos pregunta sin mirarnos, como para hablar de algo. De acá nomás, le digo por decirle algo. Vengan, por acá , nos dice y agita la mano con el vino en el aire.

Ella me mira y desconfía un poco de Super Perón. Le digo que no se preocupe, que es Super Perón y se ríe. Me hace un gesto como diciendo "sos loco eh". 

Hay vallas por todos lados. Asoma algún que otro policía. Super Perón se detiene en una valla y habla con un cana que le hace que no con la cabeza. Gesticula. Mueve la mano con la botella de vino como si fuese la espada de El Zorro.  Miro para otro lado. Ella me abraza. Un beso cortito. La luna brilla en el cristal del vidrio de la botella de Super Perón.

Vamos, ¡dale! ¡vamos compañeros! Cuando giro veo que el cana le abre las vallas y nos deja pasar. Ella me mira como preguntándome qué carajo le habrá dicho al yuta. Le devuelvo mi mejor cara de "no tengo ni idea". 

Avanzamos por 25 de Mayo. Las luces de la Casa Rosada. Como si hubíesemos entrado en un portal luego de cruzar la valla, los gritos de la gente comienzan a oirse. Bombos. Una nube de humo nos va cubriendo. Antes de que se desvanezca entre la multitud, Super Perón nos levanta la mano y saluda. ¡Suerte compañeros! ¡Gracias viejo! alcanzo a gritarle pero ya no lo veo. Su capa se convierte en mil banderas.

Ella me sigue de la mano. Se arregla el pelo y se hace un rodete con un gancho de plástico que simula una mariposa.

Chori. Pati. Una bolsa repleta de panes. El humo que intentamos esquivar. Redoblantes. Bombos a todo lo que dan. Alguna canción futbolera improvisada. Néstor no se murió/Nestor no se murió/Nestor vive en el pueblo/la puta madre que lo parió. A medida que nos acercamos la multitud improvisa cantitos, salta, lleva banderas que agitan en el aire. Super Perón nos dejó muy bien ubicados. Casi al borde del escenario improvisado dentro de un camión o casa rodante con la cara de Cristina. Del otro lado, una bandera del Nestornauta. 

Muchas banderas por agrupación. La Cámpora en letras celestes y su sol en el medio. JP Evita y su rojo y negro con letras blancas. Pueblos Originarios. La Cámpora Diversia. Los ojos verdes de una militante que lleva un pañuelo atado en la cabeza. Festeja y canta subida a la base de la Pirámide de Mayo.

La Bersuit. No te Va a Gustar. Mancha de Rolando. Charly. Nos siguen pegando abajo. Desde el escenario una chica pide por micrófono que bajen las banderas para que se pueda ver mejor desde atrás. Un chico con una remera de Mano Negra grita  ¡las banderas no se bajan! ¡las banderas son el pueblo! Algunos lo aplauden. Otros se fastidian. Ella está conmigo. Miramos el escenario abrazados.




18.10.11

4 poemas


1



En la espera
iel suplicio
de las almas
que se fueron para siempre



oculta  
la mentira

como cualquier verdad oculta



melancolía


Invisible línea en que las cosas parten
lo que el aire contiene al caer



otro día

en las manos del que cree



sueños que permanecen

sin piedad

quedan las cosas solamente

                                                                                m.cervini


12.10.11

Diario.

1

Sentado en el bar. Intento terminar mi novela. Describo la escena de un sueño. Un sueño en el campo del Neuquén. Papá está sano. Mira los árboles que plantó y ahora tapan la casa. Mira las rosas florecidas que trajo desde quinientos kilómetros en macetitas de lata y trasplantó a la tierra seca del sur.

2
Cuando describo esta escena en particular, la escena del sueño, con el bar lleno de gente, me doy cuenta de que no puedo continuar. Me saco los anteojos y bajo la mirada en el diario del día. Las letras de molde se ven difusas en mis ojos humedecidos. Guardo la cara entre mis manos por un momento. ¿Qué significa ese mundo?
3
En este tiempo no pude derramar lágrimas. Ver a mi padre en una silla de ruedas me dejó sin palabras. Pero las palabras son, en definitiva, enemigas de la verdad. Por eso escribo. Para crear el mundo de la mentira en las palabras. Ese mundo que había creado para tratar de parar lo implacable del verdadero.

4
Hace tanto que quiero sentarme a escribir y no puedo. Hoy, cuando me decidí a escribir me di cuenta de algo: nada es de nadie, nade nos pertenece, la gente vive tan alejada, tan ocupada, tan ensimismada.

5
 La conciencia de la muerte me salva. No creo en la felicidad sin la sombra de la muerte. El dolor. ¿Qué duele, si en el fondo pensamos en el dolor como una palabra perdida entre miles de otras palabras? El frío del sur. El llanto. El alivio de la libertad absoluta, del desapego absoluto. Lo auténtico de no quedar en nada.



Diario

1

Prefiero ver porno a cualquier otra actividad que se relacione con hacer algo. El porno es variado. Chicas con chicas. Chicos con chicas. Una ducha. Un vestuario. Odio a la gente que no le gusta. Me molestan las mujeres que se hacen las pelotudas y cuando les ponés una buena verga brasilera venosa siendo devorada por una rubia tetona te ponen cara de asco y te dice que no miran eso. También odio a la gente de mierda que dice no encontrarle argumento. Una concha es mejor argumento que cualquier película de Campanella. Una negra tragándose un consolador  es Hamlet.

2

Odio a Borges. Ciego de mierda. Forro pelotudo. Insípido. Pelado. Viejo. Amigo del puto reprimido de Bioy. Pijas fláccidas leyendo Chesterton en inglés. Hablando de Carlyle. Enciclopedia Britanica. Lástima que vivieron tantos años. El daño que le hicieron a la literatura argentina no tiene nombre.

3

Snobs que se miran el ombligo y hablan de Ferlinghetti. Les importa una verga Ferlinghetti, no saben quién es. Hablan de cosas que no tienen la más puta idea. Miran un vaso azul expuesto en un centro cultural y se huelen los culos unos a otros. 

4

Gordos de mierda todos los putos gordos hijos de una grandísima re puta.  

30.9.11

El semi-cama.


El chico acomodó un bolso enorme abajo del asiento. Aposté conmigo mismo que no iba a poder meter nunca semejante enormidad en tan poco espacio; perdí. Después se sentó y empezó a correr las cortinitas a un lado, para poder ver por última vez la terminal. Mientras el colectivo hacía marcha atrás, el chico miraba por la ventanilla. Llevaba puestos unos auriculares de color blanco en las orejas, de los que salía un ruidito que hacía pensar en un volúmen elevadísimo. Tendría unos veinte años; no más. Antes de que el colectivo saliera completamente de la terminal, movió una mano como saludando en el aire. No me pareció que hubiese nadie despidiéndolo abajo, pero podría ser.

Pelo negro debajo de una gorra azul francia. Un buzo de los All Blacks. Pantalón de jean. Topper de lona. Movía el dedito de una mano de acá para allá, marcando el ritmo de la música que llevaba en las orejas.

La ciudad se alejó tan rápido que no hubo más que la ruta y el campo. Porciones de tarde escondidas entre las nubes. Pasto y más pasto. Alguna hilera de álamos bien altos queriendo tapar el sol. Una vaca. Dos vacas. Cuatro. Diez. Todas negritas. ¿Aberdeen Angus? Es la única raza que recuerdo. Había otra raza más. Papá la nombraba siempre. ¿Cómo se llamaba? Merino. No, no. Merino es de oveja. Ah, si, si... ¡Hereford! ¿Será así? Las vacas ya pasaron hace mil años. Un poste de luz. Otro poste de luz. La ruta se come todo lo que mira.

El chico se paró y volvió al asiento con un vaso de agua temblequeándole en las manos. Esos vasitos de plástico blancos.

Poste, poste, poste, paloma, poste. Una bandada se pierde detrás de los últimos claros del día. Algún ombú. Y eso que todavía no entramos en La Pampa.





28.9.11

Elefantito.

Con la tendinitis no se jode, me dice y deja el pucho en el cenicero. El cigarrillo se arruga hasta apagarse en medio de las cenizas del fondo. Un cenicero de vidrio, transparente y azul. Tiene los ojos puestos en la ventana. Afuera no hay nada en particular. Tráfico y gente, como en todas las ciudades. Cuento diez, doce filtros aplastados mientras la veo prenderse otro cigarro. Te hace mal. Hace rato que dejé de decirle eso, pero cada vez que prende uno lo repito mentalmente y la miro. Ella sigue hablándome de las cosas que hizo hoy. De humo y palabras parece estar hecha.

Las paletas grandes y medio separadas. El pelo desteñido amarillo escoba. En la boca, rouge oscuro y prolijo. Algunas patas de gallo al costado de los ojos le asoman, cuando se ríe, nomás. Esas manos. Un anillo. Dos. Diez. Más anillos que dedos. Las uñas con esmalte natural medio corrido. Busca dentro de una cartera simil cuero con una hebilla en forma de corazón. Saca un catálogo con las hojas gastadas y me lo muestra. Mirá, me dice, a éstas las vendí todas. Me señala unos potes con un número y una etiqueta que dice "crema de leche de ordeñe". ¿Sabés cuánto vale cada una? me pregunta y se contesta sola: veinte pesos. Abre los ojos bien grandes cuando me lo dice. Después de mucho tiempo me mira a los ojos. Se pintó los párpados de azul oscuro. A mi me quedan doce pesos por cada una, me dice. ¡Y vendí más de diez! hace la cuenta...

¿Y cómo va lo otro? Le pregunto como si estuvieramos hablando de las cremas. Ella no contesta. Busca en la cartera otra cosa. Revuelve.

Mamá, te pregunté cómo va lo otro. Esperá un poco ¿querés esperar? , no ves que estoy buscándote algo para que veas... Mirá, mirá. En la mesa apoya un elefantito de cerámica, de esos que vienen con la trompa enrollada para ponerle un billete. Sigue mirando para afuera. El tráfico es intenso. Se escuchan bocinas. Algún colectivo frena.

¿Qué te parece? me pregunta sin mirarme. ¿Qué me parece qué cosa? le contesto. ¿Sos tonto vos? lo que puse arriba de la mesa, ¿no te das cuenta? ¿De qué querés que me de cuenta mamá?

Los anillos de las manos brillan en el sol de la tarde que se apaga. En el anillo del dedo meñique veo mi cara deformarse como una pelota de rugby. Se prende otro cigarro. Saca un billete de dos pesos de la cartera, lo enrolla y se lo pone en la trompa al elefantito. Lo levanta sosteniéndolo con las yemas de los dedos. Ésta es la solución a los problemas de dinero, querido. La miro con cara de no entender y ella se obstina en explicarme. Que los elefantitos los hace la tía Marta. Que ella los revende y saca como cien pesos cada tres elefantitos. Que todos los clientes de las cremas compran uno. Que a fin de año va a tener para irse de vacaciones después de tanto tiempo. Sonríe. Los dientes amarillos. Llama al mozo. Le pide la cuenta.

Mamá, escuchame, necesito que me digas que te dijo el médico. ¿El médico? bien bien. ¿Nada más que bien? Si, va todo perfecto querido. Le miro el brazo derecho. No tiene más el catéter. Le quedó un agujerito. ¿Te sacó medicación? le pregunto mientras ella se para, se acomoda la ropa. No me sacó nada, ni me puso nada. Mamá, ¿porqué no me mirás cuando te hablo? ¡Si te miro siempre, queridito! ¿No ves como te miro? mirá , mirá. Abre los ojos grandes. Me acerca la cara y el olor a tabaco.

Me dice que se tiene que ir, que llega tarde a su primer clase de yoga. Se vistió con un joggin de papá y un buzo gris que usaba yo cuando iba al primario. Bueno nene, la próxima hablamos más tiempo. besito, besito,¿a ver?  me pone el cachete y funce los labios. Le doy un beso en la mejilla. Sale corriendo del bar. Por el vidrio la veo parar un taxi a los gritos pelados.




4.9.11



30





Nací un cuatro de septiembre

me abandonaron en una sala del Hospital Rivadavia

a veces me cuesta creer aquel abandono

el vientre que me tuvo no tiene nombre

tampoco sabe cómo me llamo



Mi madre adoptiva dormía esa noche

sin saber que yo estaba naciendo

el día que le avisaron corrió al teléfono

y mi padre dejó de ser su único hijo



¿Qué luz detrás de la dicha acuna?



Sin madre aún

esperé que  tomara un taxi

y llegue para abrazarme



la trabajadora social me entrega

“aquí tienes a tu hijo”



acercale la cabecita a tus labios

decile que sos su mamá

que viniste

a decirle lo de los reyes magos

y caminar despacio de madrugada

a tirar el agua y el pasto en la pileta de la cocina

y dejar los regalos con una nota

“para marianito de los reyes”






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